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RELATO GANADOR

PREMIO GENERACIÓN ESTRELLA

Reunido el jurado del “I Concurso de Relato Club Renacimiento – Premio Generación Estrella”, ha decidido:

  1. Otorgar una MENCIÓN ESPECIAL al relato “Balconing”, de José Lorente Guillén, por su estructura, originalidad y calidad.
  2. Y conceder el PREMIO GENERACIÓN ESTRELLA al relato “Conferencia en el casino”, de Pura Azorín, por su delicada sencillez, agilidad narrativa y su combinación de elementos realistas y fantásticos.

Enhorabuena a los premiados.

Conferencia en el casino

Pura Azorín

El conserje del hotel donde me hospedo me ignora olímpicamente. Sin embargo, acude solícito a atender a dos chicas. Y lo comprendo, no soy nadie y esas chicas ríen mucho. Le preguntan por el centro de la ciudad. El conserje les indica el camino señalando con su dedo sobre el plano. “No está lejos; bueno, en Murcia no hay nada que quede muy lejos. Aquí está Santo Domingo, y el ficus, y en la misma calle Trapería, el Real Casino”. Ahí voy yo, al casino, un club privado abierto a visitas y a algún evento cultural. Dentro de un rato, a las ocho de la tarde, impartiré una conferencia. Contactaron conmigo para cubrir una vacante de última hora, no es para tirar cohetes.

Detrás del conserje, un espejo devuelve mi imagen: se parece un poco a la foto de Franz Kafka joven; me gusta ese aire de murciélago que compartimos. Anoto mentalmente citar a Kafka al principio de la ponencia para establecer un vínculo y darle el “tono”. Ya veré cómo me las arreglo pues el título de la charla que voy a dar es “A propósito del siglo XIII, literatura y leyenda”, a instancias de una extravagante asociación cultural. Las chicas pasan a mi lado sin dirigirme una mirada; no soy un escritor famoso, reconozco que no se han cumplido mis expectativas, no es fácil este oficio: aún vivo con mi madre, como Proust.

Agarro el plano con las indicaciones y salgo a la calle. Me sorprende un calorcillo inesperado y decido caminar; me vendrá bien un poco de ejercicio, pues llevo demasiadas horas encerrado en el cuarto del hotel. Ayer me sentí mal y hoy he estado toda la mañana dormitando. Tengo débil el corazón, una dolencia muy literaria. Tanteo en mi bolsillo las pastillas de cafinitrina, el móvil, la cartera y unos folios doblados con el guion de la charla.

El paseo va paralelo al río y huele a flor de azahar. Recuerdo que en esta ciudad ganó Roberto Bolaño algún concurso de cuentos, de los más de trescientos a los que se presentó al principio de su carrera; tal vez paseó por aquí, haciendo tiempo, hasta la hora de recoger el diploma y, lo más importante, el cheque de manos del concejal de turno. Yo también gané premios, pero ya no soy aquel joven prometedor y, aunque uno sigue escribiendo, uno ve con melancolía que no es Chejov. Ya he experimentado el terrible momento que contaba Capote de descubrir la diferencia que existe entre escribir bien y ser genial escribiendo. Pero no lo puedo evitar, me sigo recluyendo en mi cubil. Y uno a menudo es feliz rellenando cuartillas, y rara vez publicando, aunque uno tenga que ver “su libro” sepultado entre montones de compendios de jardinería y guías sobre mascotas. A veces es dura esta empresa de la literatura: un colega me contó que fue a un instituto a hacer un encuentro con los alumnos. “Vengo a hacer la lectura”, le dijo al conserje. Lo llevaron al cuarto de los contadores de la luz.

Sigo caminando con una ligera sensación de fracaso y un extraño y dulce dolor de corazón; me siento un poco Bolaño y un poco Monterroso, que convertían sus correrías en cuentos metaliterarios medio tristes, medio divertidos. Al otro lado del río continúa la ciudad, hay casas restauradas, árboles. En el centro del cauce, el agua refleja el color del cielo y admiro el entrelubricán. Rápidamente retiro el sustantivo: no quiero un relato decimonónico.

A mi izquierda está la plaza del Ayuntamiento. Cruzo la glorieta bulliciosa esquivando chiquillos que corretean enloquecidos. Uno de ellos me embiste, cae al suelo y la madre le reprende con “¿Quieres hacer el favor de estarte quieto, por favor?”, que es casi literalmente el título de un relato desconcertante de Carver. Sigo mi camino, me cruzo con una bandada de adolescentes armando jaleo; una de ellas sonríe y muestra un turbador corrector dental. Apresuro el paso y dejo atrás las digresiones y el relato nabokoviano que empezaba a montarse en mi cabeza.

Después de atravesar un callejón, se abre un escenario que corta el aliento: la portada barroca de la catedral. Me detengo para empaparme de la soberbia imagen. Huele bien, los últimos rayos de sol doran la piedra, la cálida brisa trae rumores de pájaros y viento y campanas; es una sacudida de todos los sentidos y busco adjetivos que lo describan, pero ninguno es suficiente: siento una erección generalizada en todo el cuerpo, experimento el puro gozo de haber llegado hasta aquí y la alegría de vivir este momento.

No sé cuánto tiempo estoy así, pero poco a poco salgo del ensimismamiento y me doy cuenta de la gente que hay a mi alrededor, los que pasan caminando, los que están absortos haciendo fotos, los que charlan en grupos. Una mujer delgada me acecha; tal vez me ha reconocido, pero no es probable. Y entonces se acerca y me susurra “Estoy muerta”. A Vila-Matas también le suceden cosas chocantes en sus andanzas. Ahora la veo alejarse entre la gente: es delgada y se inclina hacia adelante al andar, como una figura de Giacometti.

Sigo mi paseo como un “shandy” despreocupado bajo los soportales que rodean la catedral. Voy bien de tiempo y estoy bien de ánimo. Las arcadas barrocas me protegen del chaparrón de dudas y del miedo antiguo a hablar en público. Presiento una velada perfecta para hoy, con un auditorio amable y receptivo y una plática amena. Diré que la literatura y las leyendas sirven de complemento a los estudios históricos rigurosos; hablaré de Alfonso el Sabio y de su sobrino don Juan Manuel, del Poema de Fernán González, del Cantar de Roncesvalles…, y de Gonzalo de Berceo, el primer poeta cuyo nombre conocemos. Después de la conferencia, estaremos tan a gusto que surgirá una conversación entre amigos cordiales y cómplices. Y charlaremos de amores literarios, nuestros enamoramientos de esos personajes que habitan los libros, que están vivos y se recrean cada vez que son leídos, del joven Demian de Herman Hesse y de la Andrea de Nada, de Adso de Melk y de la Maga de Rayuela, de Fortunata y de Alonso Quijano: va a ser mágico y yo casi no voy a enrojecer. El nudo en mis tripas se disuelve dulcemente.

Según el plano, a la izquierda encontraré la estrecha calle de trazado medieval. Ahí está, y en el centro de la calle Trapería, muy cerca de la catedral, el hermoso edificio del casino. No esperaba un cortejo de recibimiento, pero lo que sucede es extraño: la puerta está cerrada a cal y canto y ya es casi la hora. Estoy perplejo, pienso que tal vez equivoqué el día. Me acerco al cartel anunciador pero veo que sí consta la fecha de hoy. Entonces advierto en el cartel algo que me acelera el corazón y me hiela la sangre. Hay un crespón negro de mal agüero sujetando una nota que dice: “Suspendida la conferencia”.

Y ahora, se acerca sigilosa e inquietante la mujer delgada que me habló en la plaza de la catedral y me dice: “Estoy muerta, y tú también”.

Al final ha sido un cuento de fantasmas.