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QUIEN LO DIRÍA

Quién lo diría

Pandafilando

Cuando me vi sobre la mesa del tanatorio, inexpresivo y frío como un muñeco de plástico, experimenté una mezcla de sorpresa y aprensión, pero ningún miedo. El cambio de estado suponía abandonar aquel cuerpo con el que tantas cosas había compartido. Era, simplemente, un cuerpo más.

Hacía mucho tiempo que lo esperaba, lo pensaba a diario:

—Un día moriré, aunque no será hoy, esperemos a mañana, un día más; las cosas no acaban así, de pronto...

Pero el futuro estaba allí. Y después de tanto tiempo, solo sentía alivio. Esperaba el túnel al final del cual se ve una lucecita lejos, lejos, lejos... pero no había nada; ni túnel oscuro y largo, ni luces de colores centelleantes, nada de nada. Bueno, haber, había todo un mundo, pero era diferente, como una dimensión aparte, como si de pronto hubiera pasado al otro lado del espejo donde corría el conejo de Lewis Carroll y su seguimiento me prometiera aventuras sin cuento, una nueva vida.

Mi mente se abría a una explosión galáctica en la que los tiempos y las gentes del mundo estaban presentes de forma simultánea. Las catedrales medievales se iniciaban y se concluían en el mismo instante. Comprendía todas las lenguas porque eran la misma. No existía pasado, ni presente, ni futuro, todo estaba en el mismo instante y sucedía en una rueda que giraba de forma interminable. Oí todas las sinfonías del mundo al mismo tiempo y sentí con exactitud los movimientos diferentes de cada una de las orquestas que las ejecutaban. Pensé en la iluminación de los religiosos,... y comprendí lo absoluto.

Supe que aquella no había sido mi primera vida y no era la última. En el cosmos sin límites en que se había convertido mi mente, me vi en otras figuras y otros tiempos. Puede que hubiera sido Neandertal o Cromañón, labrando duras lascas de sílex con paciencia interminable; acaso fui fellah egipcio trabajando en las pirámides a cambio de una jarra de cerveza, o labriego mesopotámico fabricando miles de atobas para los zigurats que pretendían tocar el cielo. Quizás había seguido a Pedro el Ermitaño en la primera Cruzada, o fui indio matador de bisontes en las infinitas praderas de América. Puede que participara en las Guerras Púnicas, que hubiera ido en peregrinación a la Meca para girar siete veces en torno a la Kaaba, o purificado mis carnes en las frías aguas de la madre Ganga en compañía de los ascetas que jamás cortan sus cabellos.

La línea de mis reencarnaciones, que venía desde el origen del mundo, era infinita, irregular y caótica como un torbellino errático. Había sido muchas cosas en momentos diferentes, aunque no distinguía bien unas de otras, porque todas se entremezclaban siguiendo el hilo conductor de un tiempo circular, y en su fluir, me conducían de forma dulce y natural a mi nueva existencia.

Cuando volví a mirar mi cuerpo encontré perfectamente natural que estuviera cubierto de plumas. Las sacudí con una habilidad de la que nunca me hubiera creído capaz y consideré con detenimiento la nueva situación.

—Bueno, -me dije- a partir de ahora soy una gallina, ¡qué le vamos a hacer!, al fin y al cabo, un ser tan natural como otro. ¡Tampoco voy a llevar una vida de perros!; comeré cada día el rico grano que vislumbro en aquel comedero del fondo, dispongo de un confortable rincón donde pasar las noches frías y quizás, andando el tiempo, tenga la fortuna de verme agraciada con las alegrías de la maternidad poniendo algún huevecillo.

Entretenido con tan halagüeños pensamientos, no me percaté de que un enorme gallo de aspecto feroz, que exhibía una cresta enhiesta y provocativa, se me acercaba por el pantoque de popa con intenciones más que aviesas. Tras la primera sensación de temor, apareció mi natural vanidoso y me dije:

—Le he deslumbrado, empezamos bien esta nueva vida.

Me permití hacerle dos o tres cucamonas y guiñarle un ojuelo redondo e inexpresivo con la mayor habilidad que pude. El muy ladino, de un salto inesperado, se encaramó en mi lomo con la determinación de consumar, por la fuerza, el escabroso plan que su mínimo cerebro traía concebido.

El doloroso terror paralizó mis patillas, pude reaccionar en el último momento y haciendo un quiebre que lo descabalgó, salí a todo correr hacia el cercado. Aquel energúmeno me pisaba los talones cacareando lleno de furia, y mi corazoncito recién estrenado estaba a punto de salirme por el pico. En estas, tuve la mala fortuna de resbalar en la caca de alguna colega incontinente y estrellarme de cresta contra un palo de la valla, donde quedé estampada como un sello.

*

Encontré el interruptor de la luz a tentarujas, mientras me palpaba tembloroso el trenque sanguinolento que me había hecho contra la mesilla de noche, cuya señal puede observarse todavía en mi anchurosa frente.