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MI ESPERA

MI ESPERA

HUAN SINFOROSO GÓMEZ

Juan.

—No puede ser, joder, ¿qué hago ahora? Mira que tengo mala suerte… Mierda de viaje. No querrán pagarme el gasto los jefes. Venir hasta Linares y el tío se mata en la bañera.

La maleta con las muestras de colorante alimentario, las botellitas de licores, los tarros de conserva, el folleto en blanco y negro con fotos de los quesos. Todo junto con el recado de afeitar, la navaja perfecta, el jabón, dos camisas blancas y el pantalón de tergal. La cogió y bajó a la recepción de la pensión. Se adelantaba dos días su salida, pero no quisieron devolverle el dinero anticipado, estaban al tanto de representantes que reservaban  una semana, y si no vendían se iban sin abonar la cuenta. Aquella pequeña ciudad, o pueblo grande, era como todas. Si no vendía era amenazadora, fría y hostil. La gente malencarada de los pueblos. Las estaciones de tren, aburridas con sus bancos de madera anónima, sus soldaditos verdes asustados y sus novias confiadas, despidiendo el porvenir. Una cohorte de analfabetos del volante, esclavos de los raíles y los atrasos de la Renfe. Él siempre viajaba en tercera, pero la habían suprimido hacía poco. Empezaban a escasear las buenas gentes con cestos y pollos vivos.

Vestía americana pardo oscuro, camisa blanca de dos días, como la barba, y pantalón muy ligeramente acampanado, en un intento de acercarse a la moda. Zapatos negros, con polvo y suela de material. La coronilla le clareaba rotunda, las entradas  sin disimulo, el pelo engrasado, hacia atrás lo peinaba de cuando en cuando con un peinecito que escondía en el bolsillo interior de la vieja americana, con el mismo peine que atusaba el bigote estrecho en dos golpes a derecha e izquierda. Su andar, ya perdida la energía juvenil, era un paso de tren a vapor, lento, sin avanzar demasiado y marcando el ritmo sin elegancia.

Las cosas no iban bien, el importante cliente, dueño de veinte supermercados era su esperanza para ganar en comisiones lo suficiente, alquilar otro piso con algo de sol en su lejana Murcia. De momento, todo se vino abajo. Con el aspecto de un viejo león derrotado se dirigió a la estación, el regreso inesperado, el fracaso mínimo mensual. En cuanto podían cargar cierta cantidad suficiente, los clientes hacían los pedidos directamente a las fábricas, les salía más barato, y no tenían que aguantar a los charlatanes encorbatados cargados de muestras preparadas para  engañarlos. Colonia barata, zapatos cansados de infinitos lustres, chistes viejos y risas falsas ya no eran bien recibidos por los modernos encargados de aprovisionamiento. Ya en la cincuentena, Juan no entendía aquello de, le dará cita la chica, y sólo los jueves recibimos representantes.

Los tres hijos ya no vivían con ellos, mecánico, maestra y empleado en una factoría de embragues en la carretera de Espinardo. Tenían su vida, y se veían poco, cosas que pasan, eran rebeldes. Encima Franco se había muerto hacía unos meses, cualquiera sabe que va a pasar.

El viaje de vuelta, bocadillo, trantran y Ducados. El maldito tren, no tenía para un R8, su ilusión de libertad.Colegas más jóvenes lucían su automóvil pagado a plazos, a Juan no le daban crédito por un aval que no pudo satistacer hacía muchos años. Su padre le pidió una firma y el negocio no salió bien, ¿a su padre negársela? Imposible.

No quiso llamar a su mujer, no le apetecía contar que su venta se jodió por un mal resbalón en la ducha. Sonaba a cuento de puticlub de carretera.

A las once y media, noche en la estación del Carmen, la mitad de la ciudad, durmiendo, la otra media, con sueño. Se aflojó la corbata y con andar cansino se dirigió hasta Algezares, largo paseo por no coger el milquinientos que le cobraría treinta duros por la bajada de bandera y el trayecto. Mucho dinero. No había un alma en Torre de Romo ni en el camino. Cuando llegó al pueblo le recibieron los lloros de unos gatos en celo, a lo lejos un viejo perro afónico tosía  monótono su ladrido.

Subió, cansado ya, los tres pisos. Crujieron los peldaños y sus rodillas, abrió con precisión de cirujano la cerradura con su llave veinte años bruñida. Era una especie de acto sexual momentáneo y facilitado por tanto uso, engrasado y conocido, silencioso. Dejó la maleta y la americana en la entrada, no quería despertarla. Ya descalzo se encaminó al dormitorio. Se quedó inmóvil en la puerta, dos respiraciones, dos cuerpos reposaban abandonados en su cama. Se le vio dudar un instante, sólo un segundo después se durmió en la cama pequeña de la habitación que fue de la cría, la de la colcha de encaje. Antes de entenderlo por completo, vestido como iba, se rindió.

Josefa.

Tantas y tantas veces, al amanecer, las sirenas de las conserveras aullaban convocando cada cual a su manada de obreras y encargados. Lobos de ladrillo rojo las chimeneas, la puerta las iba engullendo y con ellas masticaba y digería sueños y pensamientos. Pelar, cortar, embotar, cerrar, cocer, apilar y etiquetar. Josefa era casi de sosa y hojalata, encargada del deshuese, tenía el aire responsable de una gallina americana con sus polluelos, con sus mujeres. Dos hermanas a Alemania fueron, con aquel frío que contaban. Su marido, su único hombre pasaba semanas fuera con sus representaciones. Se despedían con un beso seco y conocido. Con ese hombre conoció el sexo, el embarazo y la costumbre. Ella se quedó en el pueblo, con su padre, viudo, que vivía solo y sólo a cincuenta metros.

Como casi todas las de su edad se cubría con un delantal gris marengo o negro si estaba de luto. Lo demás no se distinguía, se derretían los vestidos, las rebecas y las faldas. El delantal era una especie de salvoconducto a la decencia y a la laboriosidad. Salvo para ir a misa o alguna celebración especial, siempre la verían con él puesto. Se lo ajustaba de cuando en cuando con un par de giros de las manos en su espalda. Según el mandado al que fuera, como mujer seguía unas reglas precisas, brazos cruzados sobre el pecho, caminar rápido y mirando el suelo. El pelo sujeto en un prieto moño, que un día de estos se prometió cortar. Regordeta y no muy alta, con un cierto brillo en la mirada, el brillo del esfuerzo en silencio.

Fregar, barrer, guisar, la fábrica cuando la llamaban y llevar la comida al viejo. Su vida era algo sencillo, como una noria girando según viniera el agua.  Su escondida afición, desembarazarse de las sandalias y pasar un buen rato con los pies sumergidos en la corriente de cualquier brazal y el arroz y alubias de su madre, tanto tiempo enterrada, que en paz descanse.

—¡Papá! —No contestó.  —¡Papá! —repitió.

—Maere, me he caído —la voz del padre se escuchó en el corral.

Estaba en el suelo recostado contra la pared desconchada, meado y cagado, llamando a su hija como si fuera su madre. Presentaba el cuerpo desvencijado de los cavadores de la huerta, manos gigantescas y lomo encorvado. Ella, con presencia de ánimo le ayudó a levantarse, puso a calentar una gran olla de agua y lo lavó como antiguamente, sentado en una silla, a trozos y sin asco. El le sonreía como si estuviera viendo a la virgen, o a su madre. La risilla inocente y nerviosa del anciano hacía brotar recias lágrimas en los ojos de Josefa. Había llegado el día que había que devolver de golpe y sin aviso la indefensa niñez al padre.  Lo vistió y se marchó a comprar algo que hiciera de gran pañal. En la farmacia encontró algo de consuelo y la atendieron con unos modernos empapadores que empezaban a utilizarse en hospitales, pero eran caros.

—Para una urgencia, valen. Luego compraré gasas si esto dura mucho —pensó Josefa.

Lo llevó a su casa y cerró  la del viejo, y cuando la cerró la condenó al placer de los fantasmas. Los de su madre, sus abuelos, las historias desgraciadas y los bautizos gozosos. Allí quedaban el rezongar de las mulas, el cloclo de las gallinas y la sombra de la parra.

Cayó rendida de cansancio y alboroto. Ya le explicaría a Juan cuando volviera de viaje. No era malo, y también el viejo les había ayudado cuando había podido. En la fábrica ya podían despedirse de ella, lo primero es lo primero. De todas formas, su marido había ido a hacer  uno de los buenos negocios que se le habían presentado y no le haría tanta falta el jornal de la conserva.

—¡Maere, maere! ¡Que me come er bubo! ¡Cógelo, maere!

—Anda, vente a mi cama, no tengas miedo. Ya mato al bubo. Te tapo una miaja más? La voz de la mujer sonó como un arrullo de palomas.

El hombre se acurrucó con su hija, o con su madre y juntos quedaron.