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MARIA

MARÍA

FRAN

María surgió de la noche cargando la presa sobre los hombros. El bosque estaba tan negro que había desaparecido. La débil luz de su cabaña rasgaba las ramas tratando de tender un nudo del que ella pudiese tirar, y los ojos de alrededor se apagaban tras sentir el temblor de su corpulencia, y la de la captura, cavando pisadas y crujidos en el silencio.

María era enorme. Colmaba su abrigo, hecho con la piel de un oso, y era capaz de apiadarse de un ciervo adulto con las manos. Esa noche, y las demás, vestía también botas de hombre, ropa térmica, un rifle y dos cuchillos. Su puerta era amplia y gruesa; apenas tuvo que agachar la carga. Entró con ella, sin moverla, y después la depositó sobre la mesa vacía que ya había preparado antes de salir. Dejó las capas más densas sobre el perchero que había junto a la puerta y se anudó la mitad superior del mono térmico sobre la cintura, desvelando una cómoda camiseta de tirantes. Como la puerta no tenía cerrojo, revisó el interior aunque no hubiese necesidad. La casa era austera y firme; daba la sensación de haber sido tallada dentro de un árbol. Todos los acabados eran de madera y los mínimos añadidos, colocados sin gracia, resaltaban de forma similar a intrusos.

Cuando iba a encajar la puerta, escuchó un calzado frágil tropezándose con un hierro colgante y avanzando sin saber cómo llegar. Corrió la cortina de la entrada y encajó la puerta a su espalda mientras observaba el enloquecido vaivén de una linterna.

Tras asustarse al verla, Miguel decidió no protestar y avanzar hasta María. Tenía una larga edad, una corta estatura y una amplia redondez por todas partes. Frente a ella parecía tener la altura de un lavabo. Al llegar, le arrojó a los pies, con dramatismo y cansancio, un cepo de hierro cerrado y cubierto de varias sangres reimpresas.

—Buenas noches, lo primero —dijo Miguel.

—Buenas noches, Miguel —contestó María con cierta curiosidad ante la presencia del animal que menos solía ver.

—¿Has encontrado alguno de estos por aquí? Ramón me dijo ayer que los forestales encontraron uno igual cerca del desguace, como si lo hubieran tirado. Este sí que estaba en el bosque, pero no muy adentro. No estaría a más de diez minutos del pueblo.

—El bosque estaba algo inquieto, pero lo cierto es que no he encontrado ninguno.

—¿Has salido de caza hoy?

—No. No desde hace tres días.

—¿Por?

—Tengo la regla. Me huelen.

Miguel cambió su expresión desde la perplejidad hasta el decoro. Bajó la vista de nuevo hacia el cepo.

—Bueno, ¿te dice algo esto? ¿Se te ocurre de quién podría ser?

María lo observó unos segundos; no sintió la necesidad de agacharse para verlo mejor.

—Sé que no tendrá huellas y que quien los puso no se adentrará en el bosque. Es probable que solo estén por las afueras, donde encontraste este.

—¿Por qué lo dices?

—El muelle es demasiado grueso. Lo han cambiado para que cuando se cierre, en vez de atrapar la pata, la corte. No sirve para cazar; solo para amputar.

Miguel forzó un gesto de asco ante tal crueldad.

—Ya veo… Bueno, pues me lo llevo de nuevo. Sabía que me enviarían aquí a preguntarte, pero como tenía que venir de todas maneras he preferido venir ya. Lo que pasa es que se me ha hecho algo tarde. —Miguel se desabrochó la mochila y la bajó hasta el suelo para sacar lo que transportaba—. Te he traído lo habitual y algunas cosas que me ha dado mi mujer para ti, ya sabes cómo es. Algo de fruta, patatas, un poco de guiso que ha hecho hoy y este champú… Dice que huele muy bien y se ha empeñado en que te trajera un bote, no sé. Tira lo que no te haga falta, pero no puedo llevármelo de vuelta o la bronca será para mí.

—No te preocupes, Miguel. Dale las gracias a Pilar de mi parte.

—Falta una cosa… Ha llegado una carta de tu hermana. Hacía mucho tiempo que no llegaba ninguna. Intenta no tardar mucho en leerla, ¿vale?

Miguel parecía preocupado; no obstante, era un hombre tan tranquilo y mayor como su pueblo, y María sabía que cualquier noticia bastaba para que imaginase una nueva defunción. Cogió la carta y comprobó en el remite que efectivamente era de su hermana.

—Descuida. La leeré esta noche.

—Muy bien, pues uno que se va. ¿Necesitarás algo en particular la próxima vez?

—No, solo lo de siempre. Te daré corzo cuando vuelvas. Hasta que no pueda salir de nuevo tengo las raciones contadas.

—No te preocupes por eso. Le diré a los forestales lo que me has comentado.

—Adiós, Miguel.

Miguel agitó la mano ya de espaldas y María esperó hasta perder de vista la linterna para volver a entrar. Esta vez frenó la puerta desde dentro dejando caer un largo y grueso tablón sobre las dos hebillas abiertas que poseía en ambos lados. Abrió la carta de camino hacia el cadáver, sacó la única hoja y la leyó:

Querida María:

Me caso. Rocío me ha dicho que ni siquiera lo intente, pero pienso en que padre no estará para llevarme al altar ese día y tú eres lo más cercano a él a lo que puedo aspirar. Espero que lo entiendas. Puedes venir como quieras y quedarte solo el tiempo que quieras; incluso puedo ir a buscarte yo. Pero es un día muy importante para mí y me encantaría verte al menos. Sé que a Rocío también. Solo queremos saber de ti y recordar que no has muerto. Es tu vida y lo respetamos. Nos ha costado entenderlo, pero si haces esto o simplemente das señales de vida, te prometo que haré todo lo posible para que las cosas sean distintas. Todo el mundo necesita a alguien, María, incluso tú. Escribe un “sí” aquí detrás y devuélvela al remitente. No te pido nada más. Piénsalo al menos, ¿vale? Te queremos mucho.

Con amor, Isabel.

María la releyó un par de veces y después la dejó sobre un sillón lejano, para que no se manchase. Luego observó la presa, cuya postura descansaba sobre el grueso impermeabilizado que protegía la madera. Mientras cumplía con gran respeto su propio ritual, comenzó a razonar la ejecución que iba a llevar a cabo con el fin de darle valor y sentido a la muerte que había ligado a sus manos.

Las patas de la mesa se sostenían sobre la piel de un venado, y sus cuchillos, para separar la carne, los fabricó afilando pezuñas de jabalí. Todo era honrado y nada era inservible. Desenfundó el cuchillo de su cadera, el único capaz de cortar el esternón, y abrió la presa sin dañar ningún órgano. La carne esperó a salvo; después, siguió separando.

Al acabar, aplastó lo comestible dentro de dos grandes bolsas de lona y salió al bosque con ellas, siguiendo una ruta memorizada y lanzando húmedos pedazos hacia sitios aleatorios. Notó que la rodeaban, que la veían y también que la seguían. María continuó avanzando y vaciando las bolsas sin inquietud ni desconfianza. Si no hubiese querido, no la habrían visto. Notaba la sangre resecándole el indómito pelaje del pubis. Ningún animal se acercaría; todos habían aprendido a alejarse de aquel olor.

Ya de madrugada, al acabar el reparto, prendió en su puerta un bidón en el que solía deshacerse de las malas hierbas que a veces trataban de treparle bajo la cabaña. Cuando el fuego le templaba las mejillas, echó dentro las ropas y pertenencias, que le había quitado en el bosque, para no mancharse al cargarlo. Después arrojó su cartera cerrada, sin ningún interés sobre lo que pudiera contener. Más tarde enterraría el resto de cepos que llevaba cuando le encontró, usados en realidad para cazar mutiladas a las criaturas que no era capaz de capturar libres.

Tras incinerar todo rastro del depredador, arrojó la carta al fuego antes de sofocar el bidón. María volvió dentro y apagó la luz; el bosque siguió durmiendo.