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CUERDAS

CUERDAS

Gorm Lether

Hoy he llegado un poco tarde a trabajar porque me he quedado dormido y, al despertarme, he visto mi cara de susto en el espejo y he pensado que menos mal que no había nadie para verme ni para escuchar lo fuerte que había gritado. Y es que allí dentro nunca nos dejaban dormir más rato del que teníamos que dormir, menos esa vez en la que me dormí por la tarde. Pero es que ese día estaba muy cansado porque me habían dado más gotas de las que siempre me daban porque me había enfadado con mi amigo Carlos y le había pegado un puñetazo y, cuando me desperté, me puse a llorar y me preguntaron qué me pasaba y yo les dije que estaba triste y enfadado. Luego les pregunté si ya era miércoles y me dijeron que no, que todavía era martes, y entonces me sequé las lágrimas con la mano y volví a ponerme contento porque nos tocaba salir al patio.

Un coche entra y se para en el surtidor número cuatro pero yo no quiero salir porque he visto que está el perro, así que me pongo a ordenar las estanterías que hay detrás de mí porque si estoy haciendo otra cosa el cliente puede echarse él sólo la gasolina. Me gusta y me pone tranquilo porque coloco todo en fila y ordeno las latas por colores y tamaños, y también intento que la distancia entre cada una sea siempre la misma y que las etiquetas me miren todas de frente y a la vez. Porque Juancar me pide que todo esté limpio y ordenado, así que también cojo la fregona que está en el cuarto pequeñito donde duermo por las noches y me pongo a fregar el suelo que hay debajo de la tele de la tienda, en la que  todo el día están corriendo los caballos.

Y es que un día el perro me asustó mucho, porque venía hacia mí moviendo su cola y gruñía y hacía un ruido que me dolía en los oídos mientras me enseñaba unos dientes largos y amarillos. Entonces salí corriendo y chillé moviendo los brazos arriba y abajo muy deprisa y Juancar me dijo que menos mal que no había nadie, y que tenía que tener cuidado porque no era de adultos normales ponerse a correr cada vez que se acercaba un perro. Luego me dio una cuerda para que la repasara despacio con los dedos cada vez que algo me diera miedo o me pusiera nervioso y ahora tengo cuerdas por todos los rincones de la tienda porque nadie se fija en ellas, y así yo siempre tengo una para cuando me hace falta y las puedo repasar para ponerme tranquilo siempre que quiero y luego soltarlas muy rápido sin que nadie se dé cuenta.

Casi nunca está aquí, el perro, pero hoy ha venido a esconderse porque llueve y no le gusta mojarse el cogote y seguro que tiene miedo de que le caiga una de esos rayos encima, y el ruido que hacen luego le pone nervioso porque veo cómo tiembla y es que él sí que puede temblar y salir corriendo a esconderse si quiere.

El cliente del surtidor número cuatro termina y entra y yo escondo la cuerda que estoy repasando bajo el mostrador, aunque paga casi sin mirarme y no se da cuenta. Me pongo contento porque no me pregunta nada y así no tengo que hacer ese gesto que hago moviendo la cabeza y señalándome la boca que me dijo Juancar que hiciera cuando me preguntaran. Y es que al principio, tardaba mucho en decir las cosas, y él me dijo que mejor que cerrara la boca porque entonces se darían cuenta de que no soy como ellos y que cuando lo supieran, no les gustaría que anduviera sólo por aquí fuera como si nada. Y ahora siempre aprieto los labios muy fuerte porque algunas veces me entran muchas ganas de decir cosas y entonces la boca se me abre sin querer y luego me cuesta mucho quedarme callado.

Igual que hoy, cuando han venido esos dos hombres que vienen a veces con una sonrisa que se parece a la que tiene Juancar cuando jugamos a que escriba mi nombre con letras pequeñitas, y se han puesto a preguntarme por él y yo les he señalado la puerta de su despacho. Luego he escuchado unos gritos pero no sé lo que decían porque no se entendía nada al otro lado de la pared y han sonado unos golpes y una silla que se arrastraba por el suelo. Y cuando han salido, ya no sonreían, y ni siquiera se han despedido aunque a mí me ha dado igual porque tampoco iba a poder responderles.

Después Juancar ha salido tapándose la boca y la nariz y yo creo que estaba muy triste y a lo mejor también enfadado porque se ha marchado sin decirme lo que tenía que hacer mientras él no estuviera.

Empiezo a repasar la cuerda que tengo debajo del mostrador, y luego voy repasando todas las cuerdas que hay en la tienda y vuelvo otra vez al mostrador. Miro la puerta porque ya han pasado dos horas y cuarenta y siete minutos y es como si tuviera un tambor en el pecho y quiero preguntarle muchas cosas a Juancar como hago siempre aunque me vuelva a contestar lo mismo y se enfade, porque así me pongo tranquilo. Pero cuando llega, entra deprisa diciendo algo muy bajito que no entiendo y entonces se acerca más y me dice que esta noche me vaya al otro sitio a dormir. Y antes de volver a meterse en su despacho veo que una de sus mejillas está más grande que la otra y que se le ha puesto de un color rojo muy oscuro.

Pasa un rato y no sale y yo repaso mucho la cuerda porque  quiero decirle que no me gusta el otro sitio y no sé si llamar a la puerta porque creo que está enfadado y que me va a decir que no entre, así que abro sin decir nada y cuando le veo me está mirando con una cara que me da mucho miedo, y es que ha debido asustarse mucho porque le he pillado repasando. Tanto, que se ha resbalado y se ha quedado colgando de la cuerda. Y yo no puedo dejar de mirarla porque es la cuerda más larga y más gorda que he visto nunca.