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BIG THINKING

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MEGATRÓN

Os preguntaréis vosotros, los del otro lado de la página, lo que hago a estas horas encerrado en el armario del Basi. Pues dejadme que os diga que la culpa la tiene el haber pensado en pequeño por una vez en mi vida. Hoy todo el mundo piensa en pequeño. Menos es más… qué idiotez. Más es más y punto.

El Basi me ha tocado bien los cojones esta mañana y el Loren, que pasaba por ahí, también se ha echado unas risas a mi costa. Y no se dan cuenta de que la grandeza está, precisamente, en lo grande.

El Basi nos ha informado al Loren y a mí de que se había abierto el plazo para el concurso de relatos y, espoleados por una competitividad tácita y ególatra, nos vamos a presentar los tres. Esos dos son unos fieras, tienen premios y publicaciones, pero también adolecen de una traba que no me afecta. Piensan en pequeño. Pobrecillos.

En secreto les he estudiado a fondo. Me he leído sus libros sin decirles nada. Hacen microrrelatos líricos de la levedad, las pajas y las cucharillas de café, y se maravillan de lo que queda sugerido en lo no dicho y de lo mucho que se consigue dejando cosas fuera de plano. Pero a mi modo de ver sólo un cerebro pigmeo puede contemplar una página en blanco y pensar en pequeño. Una página en blanco es el universo entero. Saco un folio y veo un puto Aleph.

Lo he visto claro. Pensar a lo grande:

ROBOTS GIGANTES

Nadie escribe sobre robots gigantes. Un mastodonte de 500 metros defendiéndose de un gorila alienígena con la torre de la catedral en una mano y un tanque de la Estrella de levante en la otra. Uf, se me eriza el pelo de la nuca de pensarlo.

Pero estos dos no. El Basi y el Loren han echado una risilla maliciosa y me han animado a hacerlo como se anima a un esquizofrénico a que se ponga la camisa de fuerza.

Cuando he llegado a casa he escrito el relato poseído por los dioses del metal. Fuego, destrucción, rayos láser y limoneros. Ay... me sabe a azúcar en el cielo de la boca. Puedo decir que me siento muy orgulloso de él, es más, creo que es lo mejor que he escrito nunca. Y, sabéis vosotros, amigos, que no miento cuando digo que ese relato está escrito realmente y guardado en mi cajón de las cosas importantes: el de las cartillas del banco, las radiografías y la garantía de la tele.

Pero incluso los que pensamos en grande flaqueamos. La razón y la práctica me han traicionado y se han apoderado de mi voluntad. Sólo dudar un segundo me ha lanzado al abismo. El Basi y el Loren, esos ganan siempre. ¿Qué estarían escribiendo? Ahí, con sus cucharillas de café y sus pajas…

Me de dejé de reflexiones y me planté en la casa del Loren. Menuda mansión. Es una especie de chalet en la huerta rodeado de pinos que hacen de biombo contra el mundo. Pero, Loren, tienes que regarlos mejor, hay un hueco en la parte de atrás por la que los mirones podrían darte un disgusto. Menos mal que era yo y no un loco…

El Loren estaba limpiando las hojas de su piscina. Solo vestía un albornoz blanco, pulcro como una camisa de lino recién planchada. El portátil estaba abierto en una mesita al lado de una tumbona con un copazo de sombrillita y cardamomo. Qué bien se lo prepara. Así cualquiera.

Al poco, dejó el cedazo extensible y se sentó en la tumbona. Se puso el portátil sobre las piernas y empezó a escribir. Pero escribió poco. De hecho, solo fue una línea. Desde mi posición no veía la pantalla, debía estar pensando cómo embocar la historia, o en el conflicto de algún personaje. A lo mejor estaba pasando por el bloqueo del escritor. Debía apoderarme de esa línea. En aquella única frase que se había filtrado desde su inventio hasta sus dedos podría estar mi salvación.

Arrastré un contenedor de basura que había al otro lado de la calle y me asomé silenciosamente por entre las picudas copas. La verdad y la belleza se estarían gestando en aquel ínfimo monitor.

Estaba viendo Paquita Salas en Netflix. El cabrón…

Debí pensarlo en voz alta, pues al momento se giró y me vio allí plantado entre dos pinos. Creo que no me reconoció porque saltó de la tumbona hacia su casa y salió tres segundos después metiendo pólvora en un trabuco del siglo XVI al grito de Marcianos, hijos de puta, largo de aquí. Decidí acceder a su petición puntualmente y a la mayor celeridad.

Ya en el coche, di por cerrada esa vía de investigación. Sobre todo cuando el parabrisas me salió volando de un trabucazo.

Sólo me quedaba el Basi. Y vosotros sabéis que es mucho más difícil espiar un piso que un chalet. Aquí no hay pinos por entre los que mirar. Pero uno siempre encuentra soluciones sencillas para los problemas sencillos. ¿Cómo abrir una puerta? Con la llave.

Cuando llegué ya había anochecido. Ay, qué pronto oscurece en invierno. Junto a su piso había unas obras y me puse a esperar detrás de un montón de escombros a que algo sucediera. Efectivamente, poco después vi al Basi salir con chándal y una cinta en la cabeza. Antes de doblar la esquina se cruzó con una señora y se puso a hablar con ella dando saltitos alternativamente con cada pierna. En el breve diálogo que mantuvieron le dio indicaciones sobre la limpieza de la casa.

En cuanto el Basi dobló la esquina salté de mi escondite. La abordé educadamente y la iba interrogar sutilmente para informarme de si limpiaba en la casa del Basi, si llevaba las llaves de su casa y de si podría dejarme entrar, pero para qué andarse con rodeos si de mi escondite me había traído ladrillo bien hermoso. Se lo estampé en la cabeza y la mujer empezó a trastabillar graciosamente como un cordero recién nacido. Se acabó desplomando en mitad de la calle con un hilo de sangre en la oreja. Escondí el cadáver en la obra y la registré. Bingo. Llevaba un montón de llaves encima y la que yo necesitaba estaba convenientemente etiquetada como “Casa del Basi”. Lo que yo decía, soluciones sencillas para problemas sencillos.

El Basi tenía fama de deportista, tendría por lo menos una hora de running para registrarle el piso. No me detuve a mirar morbosamente la casa. Por favor, no soy loco peligroso, que hay mucho loco por ahí suelto. Bueno, una cucharilla de café sí que me guardé en el bolsillo.

Lo importante es que fui directo al material sensible y parecía almacenarlo en el dormitorio. Un escritorio atestado de documentos, post-it, manuscritos, cuadernos… por no hablar del material informático… Era abrumador, no sabía ni por dónde empezar. Me lancé a por el ordenador de sobremesa…

Registré la carpeta de documentos y resultaba descorazonador. Miles de archivos de todo tipo. Estudios, críticas, ensayos, poesía, informes… Pero, ¿en qué estaría trabajando ahora?

Antes de que pudiera hincarle el diente a nada sustancioso la puerta del piso se abrió y escuché los pasos del Basi. Había vuelto mucho antes de lo previsto. No tuve tiempo más que de apagar el monitor y meterme en el armario ropero.

Y aquí estoy, amigos míos, encerrado en el armario del Basi.

El Basi entra en el cuarto. Ya lo tengo, ya lo tengo. ¡Ágata, vete! No quiero interrupciones cuando estoy inspirado.

Oigo el arrastrar de la silla y tecleo en el ordenador. Entreabro la puerta dejando un resquicio suficiente como para tener una vista directa del monitor. Lo que leo me aturde como beso inesperado:

ROBOTS GIGANTES

Un relato mil veces mejor que el mío. Pensando en pequeño. La historia de un tornillo que ensambla una placa electrofotónica en la espalda de un Mecha interestelar.

Ese hombre piensa en pequeño y es excelso. Un genio.

Me siento presa de la excitación. Esas manos poseídas por la musa del titanio teclean con euforia y yo ya no existo. Cada línea es perfecta y mejor que la anterior. Amigos, en este momento siento que soy yo quien está del otro lado de la página. No soy el observado, sino el voyeur.

La cucharilla de café se me hace más pesada en el bolsillo. La cojo y, como por instinto, me la llevo a la boca para saborear algo metálico. Estoy electrizado. Me desabrocho los pantalones y me masturbo repasando con la lengua la superficie cóncava de la cucharilla.

Al acabar, me amodorro sobre un abrigo aterciopelado dejándome llevar de la mano del Basi por los espacios inconmensurables a lomos de un Dios mecánico. Y juro, soñando por las galaxias infinitas, mecido por luces azuladas y sirenas de policía, que jamás escribiré sobre pajas ni cucharillas de café…