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ALBOROQUE

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EMMANUEL S.

Esta no es la historia de Sophie, porque Sophie ya estaba muerta antes de que todo esto pasara.

El coche atraviesa a toda velocidad la calle Atocha y pasa junto a una discoteca de siete plantas que los sábados convoca un gentío impensado. Son las tres de la tarde y la pasta fresca con marisco sigue su curso, descendiendo por un esófago acartonado por la ansiedad y el miedo. El taxímetro se detiene, pierdo dinero por no querer esperar el cambio y los tres bajamos con una prisa vagamente fingida. Sabemos perfectamente qué planta es, pero dudamos. «Dame un momento», dice mi madre, y coge una profunda bocanada de aire. Alguien descuelga el aparato y sin preguntar nos abre. La subida se me hace al mismo tiempo interminable y demasiado breve. El ascensor es diminuto porque lo construyeron hace poco aprovechando el hueco mínimo de la escalera. Cuando el número ocho se ilumina en rojo y la puerta se abre, somos expulsados como en un parto de urgencia. Así es la vida, me digo, y salimos al mundo.

 Michelle es venezolana y nos recibe con un par de besos apretados. Su piel es exageradamente blanca y por eso se le notan más los párpados enrojecidos. Desde dentro de la casa llega un olor dulce y caliente. Michelle es la razón de que hayamos venido corriendo. No digo que sea culpa suya, solo que cambió su foto de perfil y mi madre lo notó. «Michelle ha quitado su foto con Sophie», dijo ella, todavía en el restaurante. Yo no le di importancia y mi padre le recordó que apenas habíamos terminado de comer. Pero hay señales que nosotros no vemos y ella sí. «Sophie se está muriendo». Mi madre dijo esto sin alterarse, apurando su copa mientras pedía la cuenta. Mi padre y yo nos miramos y cogimos los abrigos.

 «El señor Isidro» está en la sala de estar, dice Michelle, adentrándose de nuevo por el largo pasillo flanqueado por librerías desbordadas. Mi madre la sigue de cerca y mi padre deja un par de pasos de distancia. «Los espacios que quedan entre las cosas son lo verdaderamente importante», suele decir él. Yo trato de que ese espacio sea aún mayor y me entretengo ojeando un volumen con fotografías de Jean-Maurice Feraud, el padre de Sophie. Feraud fue un fotógrafo prestigioso, no demasiado popular, que en el París de los años treinta impartió clases de revelado a la mismísima Dora Maar, artista y amante de Pablo Picasso.

«Una tarde», me había contado Sophie, «mi padre salió del laboratorio acompañado por Dora, una joven inteligente y de mirada desafiante» —Sophie, que también la conoció, recordaba siempre sus cejas oscuras, afiladas como cuchillas—. «En el pasillo estaba Pablo esperándolos con los brazos cruzados, las manos en las axilas y ese gesto suyo tan duro». Sophie, a pesar del acento francés, imitaba el tono del pintor malagueño y decía, frunciendo el ceño: «No vuelvas a quedarte con Dora en un cuarto a oscuras». Hacía una breve pausa y continuaba: «Pablo le dijo esto a mi padre, agarró a Dora del brazo y ambos se marcharon. Mi padre siempre recordaba, al contar esta escena, que la mirada desafiante de Dora se había diluido como esos químicos de revelado que él mismo le enseñó a utilizar». Sophie describía a Dora Maar como podría haber hablado de sí misma. La pienso —inteligente y desafiante— y persigo el olor dulce y caliente sabiendo que la mirada de Sophie no volverá a desafiar a nadie.

El rostro pálido del «señor Isidro», como lo llama Michelle, no sofoca su humor surrealista. Autoexiliado en París después de escapar de un pueblo manchego y vivir las penurias de una capital en ruinas, fue el maestro de mi padre cuando este aterrizó en Madrid a finales de los setenta. De las acequias y las letrinas al fragor de la Movida. Nunca sabré si Isidro lo salvó de la heroína, pero la pintura los había unido para siempre en estudios desvencijados y con poca luz. Por eso Isidro y Sophie vinieron a verme nacer. Por eso mi nombre es francés. Por eso estamos aquí, a pesar del miedo.

Isidro, frente a la chimenea sobre la que reposan objetos de toda naturaleza, me da una pequeña bofetada al verme. Une claque d'amour, como él la llama. Nos damos un abrazo porque el momento lo exige, pero yo sé que su espíritu castellano y afrancesado prefiere la ironía y el silencio. «La Mancha es el vacío», me había dicho él. «En esos páramos de cereal se encarna el zen de Occidente». Lo decía de broma y en serio porque el humor es para él lo más serio que existe. Estas ideas las desarrolló Isidro en París, en sus talleres de psicoterapia con niños marginales a los que invitaba a destrozar muros con un mazo, pintarse la piel y plegar papel con el rigor salvaje de la infancia. «En los años sesenta», le decía yo, «¿París era todavía una fiesta?». «París no duerme porque tiene insomnio, no porque se lo esté pasando necesariamente bien». Así hablaba Isidro del mito que solemos construir desde fuera. Una vez le pregunté: «¿cómo es que el padre de Sophie no llegó a ser alguien famoso, si trabajó con Dora Maar y tuvo encontronazos con el mismo Picasso?». «Por eso mismo», respondía él. «Es difícil ser famoso cuando para mear tienes que abrirte paso a codazos entre Cocteau y Henry Miller».

Con la mejilla todavía caliente entro al dormitorio de Sophie. Mis padres están allí y eso me sirve para evitar mirarla. A los pies de la cama y con los brazos en jarra, de espaldas al balcón por donde entra una luz agradable de tarde temprana, está mi padre. A la izquierda de Sophie, con la cabeza hundida en su cuello, está mi madre. Detrás: la ventana con vistas al mar que Isidro había pintado hacía tantos años, «un trompe l'oeil por el que entra la brisa de levante y la polución de Madrid va a parar a los pulmones de algún hijo de puta, lejos de aquí», decía él. Viendo a mi madre caigo en la cuenta de que es cierto: gracias a esa ventana pintada en la pared se puede respirar mejor. Antes de mirarla, la escucho. Hace días que Sophie no habla, pero un gorjeo de ave afónica persiste a ritmos pausados cada vez más irregulares. «Hola, Sophie», le digo apretándole la mano diminuta, inerte. «Soy Emmanuel. Estamos aquí».

En paliativos nos dijeron que lo último que se pierde es el tacto y el oído. Parece un consuelo para no hacernos sentir inútiles junto a la cama de un muerto, pero yo he decidido creerlo, así que me siento sin soltar su mano. Mi padre acompaña a Isidro, que no quiere verla con la boca abierta. Son demasiados años juntos y tiene miedo de esa última imagen. Tiene casi noventa años y tanto miedo como un niño. Ahora es él quien necesitaría destrozar muros y pintarse la piel, pero apenas tiene fuerzas para compartir su silencio con mi padre y beber a sorbos pequeños una infusión de tila y mandarina. El olor dulce y caliente es quizá demasiado intenso para un momento como este, pero me gusta. Michelle entra en la habitación cada pocas horas con una dosis de morfina y algo para las secreciones respiratorias. «Madame, papá Dios la está esperando», murmura. Siempre que Michelle sale, las apneas cada vez son más largas. El gorjeo, húmedo, persiste. «Son los estertores», dice mi madre.

Las horas pasan como en un sueño. Pasan sin pasar. Es la luz la que pasa a través del balcón cada vez más tenue y anaranjada. Atardece sobre las azoteas y Sophie, que no es París, ya duerme. Isidro no había querido atravesar el umbral, mirándonos a nosotros para no ver a su mujer, pero ahora es distinto. La cabeza de Sophie se proyecta sobre la pared blanca. Él se acerca y le besa la frente. Por la aspereza castellana o el recato francés, no llora. «Amour, amour», le dice, y se va por el pasillo murmurando «mierda» con una rabia que no conozco, que no puedo conocer. Michelle lo sigue y nosotros nos ocupamos del resto. Ahora vendrán los médicos para certificar la muerte. Luego el encargado de la funeraria para comprobar que los papeles están listos. Después vendrán dos operarios que envolverán a Sophie con una sábana impoluta y la meterán en una bolsa blanca, atarán su cuerpo con correas y se la llevarán en una camilla vertical: «Nos retiramos, buenas noches». «Buenas noches», contestaremos. Cuando Isidro se tranquilice, Michelle recordará el olor dulce, caliente, y sacará de la cocina un bizcocho de piel de naranja. Antes de sentarme con ellos, en un impulso que me cuesta reconocer, me acostaré en la cama de Sophie —su signo— y sentiré una calma profunda. Cogeré el último de sus informes médicos, que reposa junto a la almohada, y leeré: «Situación: final de vida».